jueves, 20 de marzo de 2008

Palustres en El Olivar



Gonzo y la Cista



Coni y la Urna

Xime y el Puco




Seba y su "chiquero" .... perdón....su contexto ánimas...


Estas fotos muestran algunas de nuestros escasos momentos en donde agarramos el palustre. La mayor parte del trabajo en rebajar las unidades se la llevaron los maestros en este EIA. Nosotros hacíamos el trabajo más minucioso cuando contextos interesantes aparecían...

Gonzo fue en realidad el que se llevó la mejor parte...compañero ¿fueron sólo 10 esqueletos los que excavaste?. Coni trabajó en la cuadrícula del auquénido articulado, en la de la urna y la uniodad A , donde yo me infiltré un día (luego de cuatro días de especializarme en el arnero). Seba además de arnear y ser el encargado de las pizarritas, tuvo su "Día de Independencia" cuando Elvira se fue, en donde mostró sistematización y liderazgo al abarcar la última unidad desastrosamente...jajaja..
Nos falta....pero estamos aprendiendo. Por lo mismo chicos...nos vemos en clases!
[ ajajaja...de vuelta a la realidad]

Excavando con Cornely


Sitio El Olivar
Unidad A


Excavaron: Constanza Roa, Rodrigo Quilodrán, Paulina Acuña, Gonzalo Díaz y Ximena Power
En la foto: Xime, Gonzo y Coni (estudiantes estrellas de la campaña)

La unidad se excavó al lado Weste de un enterratorio Diagüita (Unidad 20) ubicado en la campaña anterior. Unidad A contenía un puco Diagüita y un jarro sin decoración en el sector NE, a su lado, huesos largos y costillas de un neonato, además se observó un bloque de coquina o piedra laja, típico de las cistas Diagüitas.
En el sector SW, se halló restos de huesos disturbados de un adulto. Cráneo, huesos largos y dientes se dejaron en planta.

Esta segunda campaña se encuentra en el marco de un Estudio de Impacto Ambiental dirigido por Silvia Quevedo. Este sitio, un cementerio Diagüita, fue excavado por Cornely y muchas de las piezas que él rescató se encuentran hoy en el Museo de la Serena.
Alrededor de 200 esqueletos fueron los que Cornely halló. No obstante, algunos enterratorios intactos que se excavaron en la campaña, nos dan pistas sobre un historia de continuidad cultural que cambia el panorama del cementerio. Así, dos enterratorios que siguen el patrón funerario Ánimas (cuerpo humano acompañado con camélido) nos sirven para extender temporalmente la ocupación, y para comprender las relaciones de continuidad de ambas culturas arqueológicas propuestas para la zona.

Además algunos fragmentos de cerámica Inka-Diaguita también fueron recuperados, lo que nos deja la tarea de entender la dinámica éntre ambas culturas en este cementerio y evaluarlo en relación a los estudios previos sobre la temática.

domingo, 23 de diciembre de 2007

F e e n l a t e o r í a

Al fin y al cabo, la teoría es un acto de fe.

América Antes de América

Prehistoria de América en 1 minuto.
Enjoy it!


[se viene Prehistoria de Chile!!]


video

Arqueología Social Latinoamericana: sobre sus aportes y debilidades.

La Arqueología Social Latinoamericana (ASL en adelante) fue un proyecto que renovó el proceder arqueológico en los setenta. En esta entrada, nos proponemos discutir las críticas y potencialidades de esta corriente, albergándonos bajo distintas miradas de los teóricos nacidos desde el revolucionario libro Arqueología como Ciencia Social de Lumbreras.

Esta publicación, sumada a la influencia del materialismo Histórico en la arqueología, como vimos en la entrada anterior, introdujo ciertos conceptos a la disciplina como lo fueron “trabajo”, “medios, objetos y modos de producción”, “producto”, etc… Esta influencia teórica permitió que los mismos investigadores, desarrollaran términos explicativos como “modos de vida”, formación económico-social o sociedad concreta. No obstante estos aportes de la teoría marxista y la particular interpretación y modificación de esta por parte de los autores latinoamericanos, podemos discutir la aplicación esencialista de estos conceptos a la prehistoria. Es precisamente dicho problema el que encara Jorge Rolland quién plantea que no se puede hacer una transposición directa del pensamiento de Marx al estudio del pasado, por lo mismo no se define Marxista (y es de sorprender que el mismo Marx tuviera la misma opinión al discutir la producción tras su obra).


Por lo tanto para Rolland el estudio de las sociedades precapitalistas debe consistir en determinar las configuraciones históricamente específicas de relaciones de alteridad que producen una totalidad concreta en el pasado, lo que implica introducir la historia y considerar las particularidades dentro de cada “formación social” que se estudie. Esto “en español” significa dar lugar a una realidad nueva que debe ser entendida en sí misma, históricamente, en función de las relaciones concretas que la crean.


Dicho esfuerzo lo consideramos válido pues permitirá generar mecanismos explicativos desde la prehistoria misma, considerando el llegar a ser de ciertas sociedades en estudio, ligando, a modo de continuidad, tales formaciones sociales con las del presente, de esta manera para la Rolland, el conocimiento de tales configuraciones pueda ser empleado políticamente en el presente.

Hugo Benavides (2001) también destaca la importancia que posee la ASL en la lucha por profundos cambios sociales en las sociedades neo-coloniales latinoamericanas. De este modo la historia poseería principal incidencia en este intento subversivo debido a que participa del debate político y en cuanto promueve los proyectos de liberación económica. Esto, consideramos, resulta el principal aporte de la arqueología social, puesto que es en el fondo el único intento, entre las distintas corrientes teóricas, de responder la pregunta de ¿porqué hacemos arqueología?. Para la ASL hacer arqueología permite devolver el conocimiento producido sobre el pasado latinoamericano a las personas que buscan validar su presente, así, es un arma de liberación…mucho más cuando emerge desde la misma experiencia latinoamericana del colonialismo y de reacción frente a Occidente, incluyendo a su producción científica.

Benavides así, critica al mito de la ciencia neutral tan pregonada por la Arqueología Norteamericana o Antropología de Occidente. La realidad así, no puede construirse exclusivamente de la evidencia empírica, sino que implica la negociación con un contexto sociopolítico en donde esta se construye y se expresa, es una negociación permanente con el presente- De esta forma. la arqueología y la Antropología Latinoamericana debían comportarse como una “ética crítica”, como “antropología de liberación”. Esto creemos, debe ser un objetivo permanente, que debe trascender nuestra práctica, e incluso cualquier afiliación teórica.

No obstante la crítica de Tantaleán a la ASL nos remite a uno de los puntos claves de nuestra disciplina: la difusión del conocimiento. Este último autor nos demuestra en su publicación del año 2004, que aunque la ASL significó un importante impulso teorético desde Latinoamérica, en cuanto a la reformulación del pensamiento arqueológico, la búsqueda de cambios sociales, la explicitación de conceptos teóricos operativos y la creación de espacios de publicación y de investigación como la Gazeta Arqueológica y el Instituto Andino de Estudios Arqueológicos(INDEA), fue un proyecto que nunca pudo constituirse como un Programa de Investigación Científica. En efecto, creemos, fue una suerte de mito, que funcionaba casi con eficacia simbólica. Es precisamente esta situación de abstracción, donde nosotros acordamos con Tantaleán.

La ASL partió desde una comprensión de Marx y una base epistemológica errada. De hecho Tantaleán critica a Lumbreras por utilizar una perspectiva materialista histórica mecánica, que no abandonaban del todo ideas evolucionistas. Otra parte de su discusión corresponde al tema de la publicación en sus propios mecanismos creados para la difusión de sus ideas. Es efectivamente en estos espacios donde la mayor frecuencia de las publicaciones correspondía a investigaciones histórico-culturales y procesualistas. Por otra parte, no eran precisamente los latinoamericanos los principales redactores en las revistas creadas por los arqueólogos sociales....qué extraña situación…de hecho ¡de 137 textos solo 32 eran materialistas históricos!...

Nos surge entonces la sospecha del real potencial “arqueológico” que posee esta corriente teórica, la que aún contando con un potencial sustento teórico conceptual para la explicación del pasado, no pudo desarrollar una base metodológica efectiva para abordar sus problemáticas. De hecho, abordar la base económica –infraestructura-, el trabajo y los modos de producción, no es, en nuestra opinión, una problemática esencialmente marxista, al menos en arqueología. No olvidemos que Binford ya habría planteado que lo tecnoeconómico debía ser primer nivel de explicación para derivar luego explicaciones socio e ideotécnicas. Algo similar sucede con la infraestructura y la superestructura en ASL, en donde se logra pensar las relaciones de producción y la ideología, solo, desde la base económica imperante… lo único que sobrevive en el registro.

En palabras de Rolland:

“El arqueólogo marxista entiende que, a través del estudio de los testimonios de las actividades económicas (los instrumentos de trabajo, el medio físico u objeto de trabajo, los restos óseos como testimonio corpóreo de la fuerza de trabajo, los productos y los desechos), se puede explicar una sociedad concreta”.

De esta manera, pensamos que el escaso esfuerzo de la ASL por generar metodologías de estudio propias se debe a que sus problemas y áreas de estudio de hecho no son tan innovadores respecto a su antecesora Nueva Arqueología. En este sentido, nunca hubo una superación de contenido empírico de este Programa de Investigación científica. Esto hace que su propuesta revolucionaria sólo haya sido cuestión de “apariencias”, y que en el fondo sólo haya podido funcionar en un contexto específico (ver entrada anterior en “contextualizando”).

En primer lugar, no podemos olvidar que esta corriente surgió en el margen de un contexto sociopolítico Latinoamericano bastante ajetreado, en donde el optimismo que se experimentaba por el cambio social impulsó a mucha gente a exigir autonomía y la reformación de sus actuales condiciones de existencia. De esta manera, la Arqueología Social encontró un público ansioso… espectadores que se cautivaron por esta nueva manera de contribuir a la mejora social de aquellos tiempos. Podemos vislumbrar entonces, que el escenario crítico auspició a la ASL, que se presentaba como disciplina que ayudaría a desenmascarar el colonialismo y las diferencias sociales. Este nuevo proyecto así, haría explícitas estas contradicciones y les daría una base histórica con el sustento material y explicativo mediante la reconstrucción de la prehistoria.





No obstante nos preguntamos ¿qué queda de eso hoy en día? ¿Habrá aquel tipo de arqueología crítica que pretenda dichos objetivos reformadores?

Creemos que sí, sin embargo tales objetivos de renovación y cambios casi no exceden a la crítica y reformulación de nuevas teorías, es decir, la discusión no va más allá del ámbito meramente académico, por lo que el panorama consiste en seguir mirando al pasado sin tal compromiso político de antaño, cual era, incidir en la realidad social como agente de cambio político-económico. Mucho menos ahora, si pensamos en que la actual sub-disciplina de la arqueología, “la impactología” o Arqueología de Impacto Ambiental, sólo se preocupa de recolectar material que pocas veces sirve para algún tipo de legitimación identitaria o validación nacional.

La Arqueología así, ya no parece tener ni un sentido colonialista ni reformista, más bien, contribuye al salvataje de un patrimonio que parece no “devolvérsele” a nadie. Si bien la arqueología de Impacto ambiental, procura conservar el material cultural que se ve amenazado por las obras de construcción generalmente privadas, se le discute que no genere discusión sobre tal material, incluso que esté asociado al capitalismo tardío de hoy en día, siendo que prácticamente todo el trabajo arqueológico lo está.

No obstante este contexto político y económico que actualmente observamos en Latinoamérica, la arqueología no debe dejar de generar propuestas que puedan subvertir el discurso oficial. En el sentido de que no podemos olvidar producir discusiones sobre nuestra disciplina, y la manera en que esta posee implicancias en la sociedad…es decir debemos continuar desarrollando arqueología crítica, que consista en pensar nuestra disciplina en cuanto a su utilidad social, y sin dejar de preguntarnos constantemente el ¿por qué? Y además el ¿para quién hacemos arqueología?, y no tan sólo del cómo la hacemos

Estas así son preguntas que deben seguir abiertas, y nosotros como futuros arqueólogos necesitamos seguir reflexionado sobre esto, por lo que los invitamos a reflexionar junto a nosotros, esperamos sus comentarios!!

[Tal vez así alguno de ustedes pueda llevarse el palustre….]

Referencias Utilizadas
Benavides, H. 2001. Returning to the source: Social Archaeology as Latin American Philosophy. Latin American Antiquity 13:355-370.
Rolland, J. 2005. Yo [tampoco] soy marxista. Reflexiones teóricas en torno a la relación entre marxismo y arqueología. En: Complutum, Vol.16: 7-32.
Lorenzo, J.L.; L. Lumbreras; E. Matos; J. Montané; M. Sanoja y otros. 1979. Hacia una Arqueología social. (Reunión en Teotihuacan, Octubre de 1975). En: Revista Nueva Antropología, Vol.III (12): 65-92.
Tantaleán, Henry. 2004.La arqueología social peruana: ¿mito o realidad? (Artículo aparecido como: L'Arqueologia Social Peruana: ¿Mite o Realitat? Cota Zero 19:90-100).-- [s.c.], España.

jueves, 20 de diciembre de 2007

Cimientos para la primera Arqueología social [y la primera latinoamericana…]

En 1974, la publicación de “La Arqueología como ciencia social” del arqueólogo peruano Luis. G. Lumbreras provocó en el medio académico de los países latinoamericanos un gran revuelo, esto debido a las altas pretensiones y buena articulación teórica que esta obra presentaba. Desde el materialismo histórico se intentaba plasmar una respuesta eminentemente latinoamericana a problemáticas generales provenientes de la teoría arqueológica a nivel global. Esta visión alternativa comprende una serie de reformulaciones de la teoría “tradicional” en cuanto intenta abarcar la realidad social de los pueblos prehistóricos a un nivel mayor, y por otra parte, responder a necesidades sociales y políticas de para qué sirve el estudio de la prehistoria y cómo se enlaza con diversos actores sociales; siendo esta problemática, en el contexto latinoamericano de los setenta, de vital importancia para los intelectuales que conformaron parte activa del movimiento de la arqueología social latinoamericana, como el mismo Lumbreras, Gándara, Lorenzo, Montané, Bate, Matos, Sanoja entre otros. De hecho, la reunión de Teotihuacán en 1975, con participación de estos arqueólogos y otros más, generó un “manifiesto” donde se exponen los principales puntos referentes a discusiones acerca de la “escuela social latinoamericana” y de qué forma esta debe presentarse teórica y políticamente frente a la sociedad y a la Arqueología como ciencia social presente en todo el mundo. Parte del plan de acción acordada en esta reunión fue la creación de una revista que se llamaría “Arqueología Social”, en consideración de la necesidad de medios de difusión autónomos de la influencia norteamericana. Asimismo, estos primeros empujes llevarían ya en los 80’ a la creación de la “Gaceta Arqueológica Andina” y el “Boletín de Arqueología Sudamericana”. Asimismo, un recuento histórico del desarrollo de la arqueología en nuestros países apuntaba a develar la dependencia de hegemonías coloniales y la exigencia que, los intelectuales latinoamericanos debían sentir respecto a su papel liberador frente a un dominio, que si ya bien no se presentaba en un poder político fáctico-colonial, si se presentaba económica, social y culturalmente.

Este proceso de “toma de conciencia” en el que los arqueólogos latinoamericanos reconocen el rol colonialista de la disciplina arqueológica, sirvió para cuestionar sus propósitos, y para comenzar a considerar el deber y la utilidad social de esta producción de conocimientos sobre la prehistoria.

Para comenzar a desentrañar en esta corriente teórica debemos analizar el contexto social que repercutió en la emergencia de este nuevo programa de investigación científica.

Contextualizando…

Es en el marco de la división mundial fruto de la cortina de hierro impuesta por los dos modelos económico-ideológico-políticos dominantes –capitalismo y socialismo-, que debemos entender este panorama de renovación. No obstante son tres los hechos esenciales que mostrarán el camino disciplinario a seguir en Latinoamérica, así en una suerte de marcos de referencia, la derrota a EEUU en la guerra de Vietnam, los movimientos estudiantiles de París y la Revolución Cubana serán los hitos fundacionales de este renovada forma de pensamiento, y que a la vez reformularán la óptica mundial sobre el imperialismo norteamericano.

En el caso de Chile, no podemos dejar de mencionar el contexto sociopolítico, el que deslumbraba en cuanto a nuestro país se convertía en el primero en Sudamérica en alcanzar el socialismo por vía democrática. Dichos movimientos reformistas se inspiraron fuertemente en las ideas marxistas enfatizadas en dicha época. Es de esperar por lo tanto, que dichas influencias teóricas irrumpieran a la vez en las ciencias sociales, por ende en la arqueología. De esta manera, los investigadores críticos de la época tomarán desde Marx y Engels una idea central: las formas de producción generan estructuras socioeconómicas en la vida social. Dicha máxima supone entonces, entender que las personas generan relaciones sociales a partir de las relaciones de producción; y son efectivamente en estas relaciones de producción -base económica-, generen una base ideológica. En este sentido, el motor de los cambios sociales son internos, y se pueden conjugar distintas dimensiones de lo social en base a las relaciones que se gestan en la práctica. Es en la práctica, efectivamente, donde se construye historia.

Lumbreras es uno de los primeros en avocarse al tema de la práctica al cuestionar el concepto de cultura indiscriminadamente utilizado en arqueología. El autor discutiría así, que este término solo integraba lo supraorgánico, era mera metafísica, por tanto, una cultura que se muestra independiente de la praxis; problema que el autor buscaría resolver mediante la búsqueda de la sociedad. En este sentido, lo que Lumbreras recalca e definitiva, es el hecho de la necesaria complementariedad con el estudio de las relaciones sociales en el proceso mismo de la producción; sólo en este ámbito es donde entrevemos a la sociedad.

La importancia de esta renovación teórica entonces, además de representar el primer y único proyecto teórico netamente latinoamericano, es que cuestiona la forma de hacer arqueología imperante en ese momento. La arqueología procesual típicamente anglosajona promovía una visión funcionalista de la sociedad humana, en donde la respuesta al medio ambiente constituía el motor principal del desarrollo cultural. La arqueología social latinoamericana, entiende por su parte, que el control del medio sólo es posible mediante el trabajo, el cual conjuga la fuerza de trabajo, los instrumentos de producción y el objeto de producción, correspondiendo este último al medio propiamente tal; y es en el aumento de la capacidad de trabajo que se produce el desarrollo sociocultural: transformando las relaciones sociales de producción definidas en una formación económico-social. De esta forma, la arqueología social latinoamericana nace desde un contexto de descontento con la Historia Cultural y la Nueva Arqueología, que al obviar la discusión sobre la práctica, se constituían en arma de opresión al convertir al sujeto en mero objeto

Por lo tanto la utilización de nuevos conceptos e ideas desprendidas desde el materialismo histórico, no sólo significará trabajar con un nuevo vocabulario para la explicación del mismo registro “depositado en bodegas”; la idea ahora, será desarrollar interrogantes, y buscar en el mismo procedimiento de investigación, indicadores que se enfoquen en aquellos aspectos esenciales de la producción.

La atención entonces, estará dirigida hacia una práctica de valor casi universal: el trabajo, concepto y proceso enfatizado por las líneas teóricas marxistas, que se basan en la definición de distintas esferas de interacción en torno al proceso productivo, estas quedan definidas como sigue (ver secuencia en video):

1.-Fuerza de trabajo (capital humano, mano de obra)

2.-Energía

3.-Instrumentos de producción (tecnología, conocimiento)

4.-Objetos de producción (modificados por instr. de producción. V.gr. naturaleza)

5.-Producto

video

En este sentido el objetivo consiste en descifrar desde los objetos -que son parte de este proceso productivo y del trabajo- el modo de producción del pasado. Es un intento entonces por considerar a los sujetos dentro de un eje histórico determinado.

Bueno, habiendo abordado el contexto social y teórico que sirvió de matriz para la Arqueología Social Latinoamericana, pretendemos adentrar en mayor detalle en las propuestas teóricas de esta nueva corriente en la próxima entrada. Esperando que haya quedado clara esta primera “ronda” de material teórico, estaremos atentos a sus comentarios, dudas y críticas.

Hasta nuevo aviso!

miércoles, 19 de diciembre de 2007

Articulación: Teoría y Praxis (Parte II)


La teoría sobre la realidad (ontología) que subyace a la práctica arqueológica es una de carácter materialista. Esto en función de que, por principio, se supone la existencia de una realidad objetiva y mesurable en sus dimensiones y relaciones, es decir: los objetos existen fuera de nuestra percepción y plantean relaciones espaciales con otros objetos. En este sentido, nuestra disciplina tiene como elemento esencial la validación de los supuestos o hipótesis a partir de criterios que objetiven tal o cual relación; esto es un problema epistemológico, en cuanto refiere a la producción y validación del conocimiento. Problema que, desde la filosofía de la ciencia, ha sido enfocado desde perspectivas disímiles como pueden ser una sociología de la ciencia (escuela de Edimburgo o la perspectiva de Bourdieu), una reconstrucción de circunstancias históricas que permiten la emergencia de paradigmas (Kuhn) o una visión que vea en las reconstrucciones racionales y el valor empírico el motor principal del avance y validación del conocimiento (Lakatos).

En esta dirección, intentamos situar un modelo del conocimiento que responda a lo que nosotros creemos, es y debería ser el progreso de la arqueología. En primer lugar, se deben limitar las temáticas de la investigación a realizar a un problema en específico, que debe surgir acorde al interés personal, y/o disciplinario. En este sentido, estas problemáticas refieren inexorablemente a la formación del investigador, en cuanto implica un aparataje de supuestos tanto teóricos, como metodológicos.

De esta manera, una forma de entender esto es introduciendo la idea de contexto de descubrimiento y el rol central que la noción de paradigma
[1] -como articulador- tiene dentro de las comunidades científicas. Con esta idea, siguiendo a Kuhn, el paradigma en un contexto de ciencia normal determina:

Lo que se debe observar y escrutar
El tipo de interrogantes que se supone hay que formular para hallar respuestas en relación al objetivo
Cómo tales interrogantes deben estructurarse
Cómo deben interpretarse los resultados de la investigación científica

Por consiguiente, el paradigma puede ser entendido como un fijador de límites, aquella barrera epistemológica que sitúa la labor científica dentro de interrogantes y métodos determinados; posibilitando una confluencia de sentido entre las diferentes comunidades científicas.

Ya expuesta la noción de paradigma, debemos necesariamente situar esta idea en el centro de lo que se plantea como “contexto de descubrimiento”, el cual se puede plantear metafóricamente como el “plano cartesiano” en el que surgen las ideas, las preguntas e hipótesis que el investigador se propone abordar. Siguiendo con esta idea, hemos dimensionado dos ejes que intersectan en este flujo de vectores: la lógica interna y la externa, en las cuales se enmarca la reflexión científica.
Con la primera entendemos aquellos factores propios de un Programa de Investigación Científica
[2] o conjunto de reglas metodológico-teóricas, que explican ciertos problemas y delimitan el campo de acción de cierto programa. Por otra parte, la lógica externa hace alusión a los factores socio-culturales que determinan el quehacer científico. En este sentido, la gran diferencia entre el concepto de paradigma y el programa de investigación científica es que el segundo atiende sólo a las necesidades de sí mismo, mientras el paradigma se desenvuelve casi como cosmovisión. En este punto es que Lakatos[3] entiende la ciencia como una sucesión y perfeccionamiento de programas de investigación y no como cambios bruscos a partir de crisis paradigmáticas. Creemos que no debemos remitir nuestra discusión a las propuestas de Kuhn, puesto que el Programa de Investigación Científica de Lakatos obedece a un perfeccionamiento constante de las teorías y lo que ellas pueden abarcar, generando, introduciendo y rechazando hipótesis a un Núcleo Fuerte de pensamiento científico. Es decir, abogamos por una constante complejización teórica más que por nacimientos y ocasos de paradigmas.

Así, entendemos que el proceder y la misma reflexión arqueológica, están limitados a un campo de “instrucciones” o guías de acción para la práctica científica, comúnmente asimiladas, pero éstas no se reducen a un ir y venir de visiones unívocas sobre las distintas problemáticas en un marco temporal restringido, sino más bien en una especie de acumulación y conservación de lo ya problematizado por otros, pero con ansias, eso sí, de ir progresivamente complementando, con ideas nuevas, el conocimiento que sirvió de pie inicial. Creemos que es así cómo funciona la arqueología, pues la disciplina involucra constantemente una mirada al pasado, con el propósito de mejorar y eventualmente, producir y proyectar un nuevo conocimiento, pero teniendo en cuenta siempre, que se trata de un conocimiento renovado.

En este sentido, estos objetivos más abstractos se tratan a nivel más concreto, en la práctica arqueológica, mediante las distintas pautas metodológicas o procedimientos que permiten al investigador comunicarse con el nivel más básico de su praxis: los restos materiales. Aquí, en este punto, la arqueología da un giro que se aleja cada vez más de la ciencia positiva y se aproxima al carácter heurístico de las ciencias sociales. Con esto queremos introducir la distinción entre dato e información; considerando el primero como una representación simbólica o atributo de algo, mientras que lo segundo supone una interpretación de por medio, o sea, una asociación lógicamente establecida por el arqueólogo con otros elementos. De esta forma, el poder de la interpretación en arqueología se hace eminente como herramienta central para llegar a comprender –aunque sea parcialmente- formas de vida de otros tiempos y de otros espacios. Por consiguiente, la metodología nos remite a una justificación de nuestro potencial conocimiento, en términos de demostrar que tal interpretación posee una lógica consistente sustentada en la información obtenida del dato. Esto quiere decir, en primer lugar, que consideramos que el conocimiento arqueológico sí puede ser justificado y aquí los principales factores que entran en juego son el correcto uso metodológico del dato, la validez de las preguntas y cómo estas se sustentan en la teoría que ya hemos planteado en términos acumulativos. Por tanto, parte esencial de lo que consideramos arqueología es un constante remitir a ciencias que, desde sus perspectivas propias, pueden entregar herramientas de tipo interpretativo, factual o metodológico para el desenvolvimiento del arqueólogo.

Hasta aquí hemos sistematizado ciertas ideas sobre la arqueología y su quehacer, sin embargo, no hemos profundizado en lo que respecta a la metodología propiamente tal. Creemos que detallar en estas fases sistematizadas del operar arqueológico, sería remitir a un conocimiento muy efímero de lo que HOY sabemos acerca del método. Señalamos, sin embargo, que estas fases de análisis e interpretación del dato, siguen una lógica, científicamente programada. Empero, consideramos que la empresa misma del trabajo arqueológico es altamente susceptible a innovaciones metodológicas por parte del investigador. La creatividad metodológica, creemos, es uno de los rasgos esenciales de la praxis en arqueología y nos remite nuevamente a la propuesta dinámica de Lakatos.

Por otro lado, retomando otra línea de reflexión, la producción del conocimiento y sus modelos de aprehensión y validación no son en absoluto dependientes del contexto socio-histórico del cual emergen: si bien planteamos una visión lakatiana en lo concerniente a la puesta en disputa de programas de investigación rivales –con un criterio de integración empírica como demarcador-, existe una dimensión crítica que vincula la praxis arqueológica con su contexto social a nivel político esencialmente. Con esto, apuntamos a que tal o cual programa de Investigación funcionan en un mundo donde la ciencia obedece a poderes que escapan de su supuesta neutralidad. Por Ejemplo, Bourdieu
[4] habla de campo científico al referir a las competencias por acumulación de capital simbólico entre los científicos, los cuales en búsqueda del monopolio del conocimiento protegen sus parcelas, posiciones y acceso dentro de diversas instituciones. En el fondo, la ciencia puede ser objetiva, pero los científicos no dejan de ser humanos.

Asimismo, al responder la arqueología a instituciones de cualquiera índole (ministerios, universidades, ONG’s ) se ve supeditada a los requerimientos de éstas. Los cuales no sólo refieren a determinadas exigencias vinculadas a un uso eficiente de los recursos entregados, sino más bien, entienden que la generación de conocimiento se víncula a la legitimación de determinadas posiciones dentro de sistemas sociales mayores, desde la ideología estatal a la vinculación norte-sur en el sistema-mundo
[5] de Wallerstein. Ejemplo de esta situación es que en la actualidad en Chile el camino más recurrente para financiar la investigación es la obtención de un FONDECYT dependiente de CONICYT, mecanismo estatal que administra fondos para la investigación científica general, la cual además de estar fuertemente institucionalizada pretende generar vínculos con la sociedad en términos de aportes tecnológicos y/o de difusión-educación sobre la valoración del pasado indígena a nivel regional a lo largo de Chile, esto principalmente en forma de museos, los cuales funcionan como dispositivo clave de la labor arqueológicaa. Esto último es, claramente, el caso de nuestra disciplina y el conocimiento, difusión y valoración de este pasado se vincula con la ideología estatal de generar identidad con el lugar en el cual se vive, estar dispuesto a trabajar por él, preservarlo e incluso llegar a defenderlo. Dicha valoración del pasado en términos de apropiación estatal no es un fenómeno nuevo o exclusivo a la modernidad, sin embargo, adquiere proporciones especiales en este periodo debido a que en conjunto con un sistema económico capitalista tardío proporcionan el campo suficiente para convertir al pasado arqueológico en una fuente altamente dinámica de identidades étnicas mediatizadas por mecanismos de difusión cada vez más mercantilizados, en donde una adscripción cultural se genera más por lo tangible, lo consumible antes que por un verdadero arraigo a determinadas prácticas, cosmovisiones, etc. Esto quiere decir que, gracias a este fenómeno las identidades son algo cada vez más negociable tanto en un plano político como en una dimensión económica, y el arqueólogo como principal observador y constructor del pasado prehistórico, posee un papel crucial en estos mecanismos, por consiguiente debe ser honesto y claro de sus intenciones ya no sólo a un nivel de objetividad científica, sino que de subjetividades políticas. Tal es el caso de los arqueólogos sociales latinoamericanos, quienes en los setenta comprendieron esta situación, y desde un bagaje teórico materialista intentaron subvertir, con distintos resultados, hegemonías neocolonialistas en América Latina baja la perspectiva de una incorporación efectiva de la historia en la prehistoria de los pueblos americanos. Este tema, sin embargo, es discusión de una próxima entrada…
[1] Paradigma entendido como "una completa constelación de creencias, valores y técnicas, etc. compartidas por los miembros de una determinada comunidad” (Kuhn, 1993).

[2] “Según mi metodología los más grandes descubrimientos científicos son programas de investigación que pueden evaluarse en términos de problemáticas progresivas y estancadas; las revoluciones científicas consisten en que un programa de investigación reemplaza a otro (superándolo de modo progresivo)” (Lakatos 1987:25).



[4] Ver http://es.wikipedia.org/wiki/Bourdieu

[5] Ver http://es.wikipedia.org/wiki/Immanuel_Wallerstein

Referencias bibliográficas utilizadas y recomendadas

BOURDIEU. P. 1997. Razones prácticas. Sobre la teoría de la acción, Barcelona. Anagrama.

KUHN. T.S. 1993.“La estructura de las revoluciones científicas”. Santiago, Chile: Fondo de Cultura Económica.

LAKATOS. I. 1987. “Historia de la ciencia y sus reconstrucciones racionales”. Madrid. Tecnos.